Se entra confiando plenamente en la obra redentora de Cristo. Nos acercamos a Dios con un corazón sincero, arrepentidos de nuestra manera de vivir y anhelando la nueva vida que Dios nos ofrece. La sangre de Su Hijo limpia nuestra conciencia y purifica nuestro corazón, permitiéndonos entrar y vivir en la presencia de Dios.